Trabajar… ¿nos enferma? – Dr. Luis A. Salinas

Los médicos y psicólogos constatamos que, a partir de fines del ​siglo veinte, aumentó significativamente el número de consultas donde se presenta como malestar algo relacionado con la vida laboral de las personas. En mi caso particular, llegan al consultorio pacientes que en gran medida expresan un estado de agotamiento físico y emocional, desgano, falta de motivación para ir a trabajar, etcétera, y que presentan cuadros de inestabilidad emocional (como depresiones, ansiedad y fobias).

Uno se pregunta si trabajar hoy en día nos enferma. ​Creemos que si bien ​la actividad laboral implica esfuerzo ​ y​ abnegación, no enferma​; pero si esto es así, ¿por qué hay personas tan agotadas y que lo atribuyen a su trabajo?

Me refirió uno de mis pacientes: “Desde este año, cada semana me mandan a distintas sucursales para supervisar el trabajo allí: la venta, los proveedores, los empleados, todo. Cuando hago el relevamiento, debo llenar unas planillas con los resultados y enviarlos por mail durante el día. El directorio las lee y, en función del informe, me exige que ‘baje línea’. Todo esto está bien, pero cuando vuelvo a mi lugar de trabajo, tengo que enfrentarme con mis jefes que me dicen que soy lento, que estoy de parte de los de afuera de la empresa, que tengo que ser proactivo; critican mi tarea y me hacen sentir un inútil… Claro, igual me siguen mandando, es un trabajo a full, saben que le pongo garra y hago las cosas con honestidad, pero ya no puedo dormir bien y estoy harto del maltrato”. Este hombre presenta los rasgos típicos de aquellos más vulnerables a padecer enfermedades por estrés: tiene una personalidad de fuerte vocación social, una actitud altamente exigente consigo mismo y con los demás, una excesiva implicancia emocional en sus tareas, producto de un idealismo desde el cual sostiene férreamente la expectativa de que el trabajo le da “un sentido” a su vida.

Una paciente de 36 años relat​ó: “Me cuesta dormir, estoy todo el día cansada, agotada, con dolor de cabeza; tengo veinticinco chiquitos en mi sala de Jardín por la mañana y más de veinte por la tarde. En el colegio dicen que no pueden poner otra docente auxiliar y yo necesito trabajar, mantengo a mi familia con mi marido, pero entre los dos apenas llegamos a fin de mes”.

En estos casos se ven claramente las características que suelen atribuirse a las personas sometidas al estrés: un estado de agotamiento físico y emocional, cansancio (a pesar de que el trabajo siga siendo un proyecto atractivo y enriquecedor para la persona), sentimientos de “despersonalización” (sensación de impotencia, indefensión y desesperanza) que se expresan principalmente en todo tipo de actitudes negativas hacia los demás –por ejemplo, la agresión y el maltrato, o la instauración de un problema en el vínculo con quienes se trabaja– y, finalmente, la “falta de realización personal” (se instala cuando la actividad laboral pierde el valor que tenía antes para el individuo, principalmente en aquellos que esperan un mayor reconocimiento de la institución en la cual prestan sus servicios*).

Este cuadro se hace presente con mayor gravedad y frecuencia en “personas que trabajan con personas” como los profesionales de la salud o los docentes, o en quienes se desenvuelven en ambientes laborales enfermos –donde hay violencia o maltrato durante un tiempo prolongado–. Además, la aparición de estos malestares tiene que ver con la sobrecarga laboral sostenida, la escasa participación en la toma de decisiones que afectan el propio desempeño laboral, el incremento arbitrario de las responsabilidades y las exigencias que limitan los tiempos personales con el solo fin de alcanzar objetivos institucionales o empresariales.

“Mi nueva jefa quiso que revisara los contratos de las cajas de seguridad uno por uno e hiciera un informe detallado desde 1987 hasta hoy (2007), con la amenaza de bajar mis calificaciones a fin de año si no lo realizaba bien –contó uno de mis pacientes, que es empleado bancario–. Cuando estaba por terminar me dijo que dejara de hacer eso, que no tenía importancia y que me dedicara a enseñarle al nuevo empleado cómo se maneja el programa de mi sección”. Esta es una situación típica de las instituciones especializadas en generar estrés: aquellas que se manejan con tediosa burocracia, con formalismos intrascendentes, con una competitividad interna por luchas de ascensos y poder, con sobrecarga de trabajo innecesaria, con jornadas más prolongadas de trabajo sin mayor remuneración, etcétera.

Es de destacar que en condiciones iguales o similares, se observan individuos menos afectados. Desde hace una década, se afirma que existe en las personas una capacidad de enfrentar la adversidad en general y de resurgir “fortalecidas y transformadas” de acontecimientos trágicos; se la denomina “resiliencia” y consiste en un conjunto de capacidades de las personas –extensible también a las familias y a las sociedades– que les permiten darle un sentido al dolor, sostener una red social de pertenencia, mantener lazos afectivos significativos, recurrir a la creatividad y al buen humor. La resiliencia puede presentarse de forma más estable en unas personas que en otras, más en un tiempo que en otro, con mayor o menor fuerza. El término proviene del campo de la Física, donde se lo define como la capacidad de un material para recobrar su forma originaria después de ser sometido a una presión deformadora. Los “cuerpos resilientes” no se destruyen sino que sufren una deformación temporaria y luego recuperan su forma originaria**.

En los países de América Latina, es muy marcada la influencia de la incertidumbre con respecto al futuro socioeconómico, como también el miedo a la pérdida de la fuente laboral, en la aparición de estos malestares. Además, desmotiva enormemente la decepción que produce la impunidad de tantas personas corruptas que ganan mucho dinero de forma poco honesta y sin mayor esfuerzo.

“Cuando pienso en los años 2001 y 2002 siento pánico: me despidieron, la indemnización me la atrapó el corralito, me quedé sin obra social, tuve que sacar a mis chicos de la escuela privada, sentí que fracasaba”, expresó un paciente de 55 años. La pérdida del trabajo en la Argentina es casi un sinónimo de exclusión social. Implica una seria amenaza para la supervivencia digna de la persona y su familia, y la dificultad de reinsertarse en el medio laboral daña la propia identidad.

¿Qué hacer?

Cuando aparecen los signos de agotamiento, ya fracasaron todas las alternativas individuales para adaptarse: la persona necesita ser ayudada y orientada.

Desde el espacio individual, los psicoterapeutas procurarán que la persona:
– reconozca y elabore qué aspectos son nocivos en la tarea laboral;
– acepte, en caso de estar indicada, la ayuda psicofarmacológica;
– modifique hábitos insalubres;
– equilibre la organización del tiempo laboral con el destinado a otras actividades humanas necesarias.

Desde el espacio grupal, existen distintos tipos de grupos de abordaje que tienen como fines:
– el apoyo mutuo y la generación de un espacio donde expresar los sentimientos que suscita la actividad laboral en cuestión;
– la superación de la impotencia surgida por temores, dudas, agresiones, etc.;
– la búsqueda de la clarificación de funciones y responsabilidades;
– la revisión de los horarios, lugares de trabajo, etcétera, a fin de administrarlos mejor.

Es necesario entonces recurrir a los distintos instrumentos médicos, psicoterapéuticos y grupales que posibilitarán los medios idóneos para lograr una mejoría en la calidad del trabajo y de la vida.
Estos instrumentos ayudarán sin duda a cómo pensar “lo institucional”  –como, por ejemplo, que se pueda reconocer el juego manipulador de una institución que hace sentir mal a los que se comprometen con su trabajo y bien a los que lo banalizan o, que se pueda asumir que en determinados contextos institucionales ciertas demandas al ser tan exigentes son incumplibles y plantean una paradoja a la realización personal–.

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Dr. Luis A. Salinas
Médico Psiquiatra UBA
Coordinador del Equipo ALIANZA
(Servicio de Asistencia y Prevención para la Salud Mental)

*Freudenberger, Herbert (1974). “Staff Burn-out”. Journal of Social Signes 30, 159-165.
**Maslach y Johnson (1977). “Publicaciones en Psicología Aplicada”. Madrid, TEA.

Acoso moral – Lic. Silvia Calabria

Pedro llegaba todos los días puntualmente a la oficina. Quizás a causa de su timidez o su inseguridad, no lograba establecer una relación relajada con su jefe. Trabajaba en el mismo piso que él, sin embargo, se comunicaban virtualmente. Así fue que casi sin verse las caras, con el correr de las semanas y los meses, los malos entendidos se fueron multiplicando. Pedro leía los mensajes de su jefe y se ponía nervioso. En los escuetos intercambios cara a cara, tartamudeaba, tenía palpitaciones, se ruborizaba.

Por su parte el jefe, le daba órdenes cada vez más difíciles de cumplir; lo trataba con más exigencia que los demás y con especial antipatía…el más mínimo error del joven se convertía en un cataclismo del que se enteraba toda la empresa: el jefe aumentaba sus faltas con una implacable lupa, que solo usaba para él. Y cada vez que Pedro trataba de decir algo al respecto, su jefe lo ignoraba o lo ridiculizaba delante de sus compañeros…

Esta rutina se volvió cada vez más angustiante para Pedro. Trabajaba cada día más y mejor, pero por mucho que se esforzara, no había caso el jefe siempre le encontraba una falla, una excusa para maltratarlo. Todo siguió así hasta que se enfermó y tuvo que faltar a su trabajo. El malestar se convirtió en depresión. Ya no podría volver a la empresa. Su angustia y su temor eran tales que decidió renunciar a su puesto …Tiempo más tarde, Pedro se dio cuenta, terapia de por medio, que había sido víctima de “acoso moral”

La Dra. MARIE-FRANCE HIRIGOYEN autora del libro “EL ACOSO MORAL-EL MALTRATO PSICOLÓGICO EN LA VIDA COTIDIANA “de Ed. Paidós, es médica psiquiatra e investigadora de la especialidad de Victimología, una rama de la Criminología, cuyo objeto de estudio es el análisis de las secuelas psíquicas en las personas que sufrieron atentados o agresiones diversas,

Ella plantea en su libro que hay” ACOSO MORAL cuando, básicamente, dos personas ocupan dos roles claramente definidos un individuo es el perverso y el otro es la víctima y entre las dos medias una relación violenta. No obstante, la violencia física pocas veces se concreta. Son más bien los silencios o la manipulación verbal, las miradas agrias, los comentarios hechos por lo bajo y las burlas, las manifestaciones que punzan sobre un otro que es objeto del acoso.

“El perverso es un individuo carente de escrúpulos, calculador, manipulador, egocéntrico, de naturaleza fría y despiadada. Estamos frente a personas que presentan un trastorno en su narcisismo, por lo cual hablamos de psicopatología, de enfermedad. Estas personas están de espaldas a la realidad, se creen dioses o genios y buscan permanentemente admiración del otro, no soportan ser iguales a todos los hombres. Por esta razón tampoco soportan lo intrínsecamente humano y, por lo tanto, no se pueden poner en el lugar del otro.”

Hay una unidad en el discurso del perverso. No hay fisuras y todos los días hay quién encuentra placer en el dolor. A diferencia del masoquista, la persona perversa no se infringe daño alguno. Síntoma que atraviesa todas las épocas, algunas personas encuentran la satisfacción en el dolor ajeno. Y sus discursos son en esencia, discursos totalitarios que niegan la subjetividad del otro.

LA VÍCTIMA MENOS PENSADA…

Con el fin de identificar a las personas expuestas a un posible “acoso moral” tal vez sea necesario desembarazarse del sentido común. Puesto que, a diferencia de lo que podría suponerse a primera vista, no son las personalidades débiles las que se convierten en “carne de cañón” de los abusadores. Por el contrario, suelen ser víctimas de acoso quienes reaccionan contra el autoritarismo y no se dejan avasallar. Su capacidad de resistir a las presiones las coloca en el blanco de ataque. Al mismo tiempo, no son personas haraganas o ineficaces, todo lo contrario.

“El perverso no elige a cualquiera para ejercer su destrucción y, como se siente carente de vida propia, suele seleccionar a seres con mucha vitalidad para vampirizarlas y alimentarse de su energía. Pescan las grietas de la víctima y se filtran por ahí”
De aquí surge otra característica de los elegidos por el abusador: tiene cómo principio básico el sacrificio por los demás, el trabajo, la honradez a toda costa. Ofrecen a los demás una tolerancia e indulgencia que no se dan así mismos asumiendo un papel reparador del narcisismo del otro. “Una especie de misión por la que sienten que deberían sacrificarse los conduce al maltrato”

La “víctima ideal” en esta serie de relaciones, es una persona escrupulosa que tiene una tendencia natural a culpabilizarse. “A este rasgo de la personalidad puede señalárselo como un carácter pre-depresivo”, señala la investigación de M. F. Yrigoyen.

CUANDO EL ABUSO ES EN LA CASA

…Desde el comienzo del noviazgo, Juan siempre fue muy crítico con Ana. Cuando comparten reuniones con amigos él hace comentarios capciosos delante de los demás y ella no puede contestarle nada. Juan suele utilizar un tono indefinido como para poder después de lanzar el dardo, defenderse diciendo que hablaba “en broma” acerca de su mujer. Así se maneja también en la intimidad. La llama “feíta” con el mismo registro “bromista”. Aun así, cuando Ana intenta ponerle freno a la agresión y se planta firme frente a él, Juan adopta un tono de fría hostilidad y alejamiento. No reconoce las críticas de Ana e intenta dejarla en ridículo.

“En el vínculo de pareja las víctimas registran la violencia, pero, como se sienten confusas, inseguras, debilitadas en su estima y en su “Yo” se justifican y dicen: “el (o ella) antes era tan cariñoso, debe estar mal, lo voy a soportar porque ha sufrido mucho”. Y permanecen allí, en el intento infructuoso de cambiar a su pareja. Ante la agresión, oscilan entre la angustia y la rabia, pero como están paralizadas, dejan de luchar y se hunden. Cuando logran separarse o proponer el divorcio se sienten con culpa y se defienden mal.”

Se da un intercambio particular, porque el que domina la situación se ocupa de construir un “mensaje paradójico” y esto se da tanto para lo familiar como para el trabajo: es un mensaje difícil de decodificar. Su meta implícita es sumir al otro en la confusión para desestabilizarlo. De este modo el agresor mantiene el control de la situación y enreda a su víctima con sentimientos contradictorios. La mantiene en falso y se asegura la posibilidad de hacerla caer en un error. La finalidad de este proceder es la de recuperar una posición dominante y de tal modo, controlar los sentimientos y los comportamientos del otro. Pudiendo llegar incluso a que la víctima termine por aprobarlo todo, al tiempo que se descalifica a sí misma. Nunca se vence a un perverso, pero las víctimas sí pueden “aprehender” importantes lecciones de vida. “La persona acosada debe analizar fríamente el problema. En el caso de que el acosador sea su pareja debe renunciar al ideal de tolerancia absoluta y reconocer que esa persona está enferma y puede ser peligrosa. Cuando renuncie a entrar en el juego lo que ocurrirá es que generará en el agresor más violencia. Por eso es importante que la víctima logre ignorar al agresor para no volver a caer en su trampa. Hay que buscar ayuda: testigos para abrir el juego y que medie una tercera persona para negociar”.

No es sencillo desprenderse del asfixiante corsé del acoso moral porque para poder lograrlo, la víctima debe modificar sus esquemas habituales de comportamiento. ¿Cómo convencerse que ese otro jamás valorará nuestro genuino esfuerzo y voluntad? ¿de qué manera entender que nunca dejaremos satisfechas a determinadas persona, ni siquiera entregándoles toda nuestra energía creadora y vital? Son preguntas sin respuesta y sin sentido en estos casos puesto que se dirigen a un imposible. El perverso no se comunica con el otro y tampoco quiere hacerlo.

Aprender a tranquilizarse y esperar el momento indicado para salirse de ese incómodo molde es el objetivo. En el fondo de sí misma, la persona atacada debe guardar celosamente su convicción de que su subjetividad merece ser respetada.

PERFIL DE UNA PERSONA PERVERSA—Extracto del libro “EL ACOSO MORAL” de MARIE-FRANCE HIRIGOYEN-

“El perverso no nombra nada, pero lo insinúa todo. La víctima por su parte intenta comprender:” ¡qué le habré hecho?¡qué tendrá que reprocharme? Como nada se habla claramente, lo reprochado puede ser cualquier cosa. Y esto sucede tanto en el ámbito laboral cómo en el seno familiar.

Rechazar el diálogo es una manera hábil de agravar el conflicto haciéndolo recaer completamente en el otro. A la víctima se le niega el derecho a ser oída. Al perverso no le interesa su versión de los hechos, y se niega a escucharla.

El que rechaza el diálogo viene a decir sin decirlo, directamente con palabras, que el otro no le interesa o incluso, no existe. Con los perversos el discurso es tortuoso, sin explicaciones, y conduce a una alienación mutua. Nos vemos obligados a interpretar.

Como la comunicación verbal directa le es negada, es usual que la víctima recurra a manifestarse por escrito. Escribe cartas dónde pide explicaciones sobre la reprobación que percibe, pero, como no tiene respuesta, vuelve a escribir, esta vez preguntándose qué aspectos de su comportamiento son los que podrían justificar la actitud que percibe.

Con objeto de justificar el comportamiento de su agresor, la víctima puede llegar a pedir excusas por lo que haya podido hacer conciente o inconscientemente.

Asimismo, el mensaje de un perverso es voluntariamente vago e impreciso y genera confusión. Cómo sus declaraciones no responden a una relación lógica, puede sostener a la vez varios discursos contradictorios. Tampoco suele terminar sus frases. Los puntos suspensivos son una puerta abierta a todas las interpretaciones y a todo tipo de malentendidos. Envía mensajes oscuros que luego se niega a esclarecer.

En suma, uno de los objetivos principales de la persona perversa es la desestabilización del otro. Este propósito se articula con las siguientes tácticas cotidianas dirigidas a la víctima:

-Burlarse de sus convicciones, de sus ideas políticas y de sus gustos.
-Dejar de dirigirle la palabra.
-Ridiculizarlo en público.
-Ofenderlo ante los demás.
-Privarlo de cualquier posibilidad de expresarse.
-Hacer alusiones desagradables, sin llegar a aclararlas nunca.
-Poner en tela de juicio sus capacidades de juicio y decisión.

PERVERSIÓN Y NARCISISMO

La noción de perversidad implica, entonces, una estrategia de utilización del otro y luego una estrategia de destrucción del otro, sin que se produzca sentimiento de culpa alguno.

La concepción de la “perversión” por su parte, tiene una ligazón estrecha con el narcisismo No hacen daño de exprofeso hacen daño porque no saben existir de otro modo A ellos también los hirieron durante su infancia, e intentan sobrevivir de esta manera. Esta transferencia del dolor les permite valorarse en detrimento de los demás.

Cómo es la personalidad de un narcisista:

-El sujeto tiene una idea grandiosa de su propia importancia.
-Lo absorben fantasías de éxito ilimitado y de poder.
-Se considera “especial y “único”.
-Tiene una necesidad excesiva de ser admirado.
-Piensa que se le debe todo.
-Explota al otro en sus relaciones interpersonales.
-Carece de empatía.
-Tiene actitudes y comportamientos arrogantes.

CÓMO TRABAJAN LAS TERAPIAS

“Lo ideal es evitar llegar a la desestabilización total o la “pulverización” que se traduce en disímiles manifestaciones físicas como es el estrés provocado por un organismo que se acostumbra a reaccionar adoptando un estado de alerta y produciendo sustancias hormonales. También se provoca una depresión del sistema inmunitario y una modificación de los neurotransmisores cerebrales.”

En su libro “EL ACOSO MORAL” Marie-France Irigoyen señala que las terapias cognitivo-conductistas son apropiadas para modificar los síntomas y las conductas patológicas. Por medio de técnicas de relajación, el paciente aprende a reducir su tensión psíquica, sus trastornos del sueño y su ansiedad. Este aprendizaje resulta de gran utilidad en las situaciones de acoso en la empresa, y cuando la persona agredida tiene todavía la posibilidad de defenderse.

“Cuando la situación de acoso se vive en la pareja, hay que hacer un trabajo de duelo, pues a veces las personas no se separan por miedo a la soledad. Hay que fortalecer su “yo” y su autoestima y trabajar por nombrar la perversión y aprender a discriminarla, para liberarse de la culpa y de la negación. También se trabaja sobre los sentimientos encapsulados como son la ira y el enojo. Se trata, en definitiva, de reconocer lo humano en nosotros mismos, identificar el sufrimiento y mirar de frente a quienes nos lastiman”

Lic. Silvia Graciela Calabria
PSICÓLOGA
M.N.16036

“En tiempo presente” – Lic. Alberto Sánchez

Entrevista a un psicólogo

– ¿Qué es lo que te ha inspirado a enunciar tu forma de hacer psicoterapia como “En Tiempo Presente”?

Para el ser humano en su urgencia, en su dolor, es prioritario el hoy, el presente y ese malestar que tiñe de gris este momento de su vida. Solo desde una posición plenamente consciente de dónde estoy parado, de cuál es mi realidad con sus posibilidades y sus limitaciones, podré comprender el pasado y explotar a mi favor tanto aquel pasado como este presente. Ver la vida como un continuo, una historia que se va construyendo, pero también que va como el agua de un arroyo buscando su cauce. La plenitud es posible aún en medio del dolor. Justamente uno de los autores que inspira mi trabajo es Víctor Frankl, aquel psiquiatra que pasó por la tremenda experiencia de los campos de concentración. Él descubre que mucha gente que bajo esas terribles circunstancias estaban condenadas al deterioro moral y anímico, seguía en pie con el ánimo alto. ¿Qué los sostenía? Frankl afirma que, si se encuentra uno con el sentido de la vida, de su vida, se puede estar relativamente bien a nivel emocional aún en medio del dolor.

– Pareciera que hoy la vida en la gran ciudad nos agrega variables a nuestro potencial para enfermar, ¿puede notarse eso en la consulta?, ¿de qué manera se manifiesta?

Continuamente estamos expuestos a elementos estresantes a lo largo del día en la ciudad. Desde el desayuno frente a noticieros que informan noticias que pueden afectarnos el humor. Viajar mal, estar presionados por llegar a tiempo al trabajo so pena de perder el presentismo. Trabajar presionados aun teniendo que quedarnos más tiempo que el establecido para terminar un trabajo derivado por el jefe, etc. Y en la calle…el caos, cortes de calles, bocinazos, humo de los escapes de los vehículos.
Todo esto nos hace de alguna forma vulnerables. Si a esto sumamos predisposiciones tanto anímicas como orgánicas, estamos preparados para colapsar en cualquier momento. Hablemos de enfermedades psicosomáticas o de trastornos psicológicos. Todo esto desde luego lo percibimos los terapeutas en la consulta, de hecho, hay que realizar todo un trabajo para ir de las generalidades a la particularidad de ese sujeto sufriente, tratando de comprender cómo padece en y desde esa subjetividad. Se manifiesta cuando el consultante relata qué cosas le preocupan y nos relata temas cotidianos, malestares diarios. Justamente ahí se trata de aguzar el oído, más bien en forma psicoanalítica, digo, al hablarme de sus problemas laborales, qué es lo que en realidad me está diciendo. Se trata de deshilvanar esa constelación de malestares y encontrar el sentido profundo de ese padecer.

– ¿Cuál consideras la mejor forma de trabajar como psicoterapeutas en el marco socio económico que nos encuadra?

Enmarcando, siendo conscientes que la presión económica afecta a los consultantes. Quizás desacralizar el dinero. Por supuesto no me refiero a desconsiderar esa variable cuando las necesidades básicas no están cubiertas. Hablo de las dificultades de una persona de clase media. Creo que lo importante es ayudarlo a encontrarse “con lo mejor de la vida” fuera de lo económico. Reforzar la importancia de los afectos es de suma importancia. Una red de contención afectiva complementa perfectamente a cualquier psicoterapia sea cual sea su encuadre. El aislamiento potencializa cualquier patología.
Nuevamente recurro a Frankl, nuestro deber de terapeutas es acompañar a la persona en la búsqueda de sentido. Y recurriendo a otro autor de mi preferencia, Carl Rogers, acompañándolo en el proceso de hacerse persona. O de individuación según el concepto de Carl Jung, tercer autor en quien me apoyo en mis conceptualizaciones.

– ¿Podría decirse que hay una mayor apertura en el ámbito de la salud mental respecto a la posibilidad de abordajes integradores de teorías?

Sí, por supuesto, ya no se trata de meter a un consultante a la fuerza en un marco teórico sea como sea. Con investigar un poco, puede apreciarse que se está dando una mayor convergencia de teorías. Ya las neurociencias no sólo no están tan enfrentadas con el psicoanálisis, sino que hasta hay muchos temas en donde existe convergencia. Por ejemplo, un concepto como el de resiliencia, extrapolado de la física donde un elemento sometido a una presión deformante por características de su estructura molecular vuelve a la forma original luego de retirada la presión, ya no sólo es tomado por la terapia cognitivo-conductual. Cualquier terapeuta tenga la formación que tenga, acepta que hay personalidades con una predisposición a superarse pese a serios obstáculos que pueda atravesar, ya hablemos de haber contraído una enfermedad grave, cuanto de haber atravesado un divorcio, etc.

– ¿Como definirías la función del psicoterapeuta hoy?

Creo que la principal función del terapeuta es la de facilitador. Es decir que se trata de que hay que confiar en las potencialidades del consultante, que momentáneamente, salvo que se trate de una patología crónica y severa, atraviesa un momento de crisis. Estas crisis pueden ser esperables o inesperadas. Tanto unas como las otras son disrupciones en la vida de las personas o saltos de una etapa previa a una nueva. El terapeuta puede ayudar a que la nueva etapa sea de un mayor equilibrio emocional.
Todo tratamiento en el fondo no es otra cosa que una combinación de elementos facilitadores del crecimiento humano, del desarrollo personal y es justamente en esto en lo que focalizo al conceptualizar mi enfoque como del “tiempo presente”. Que esté presente se presente frente a la persona padeciente como una plataforma de lanzamiento hacia un mejor futuro, hacia una planificación de su ser, más allá del dolor del cual ningún ser humano puede escapar.
En definitiva como decía una canción de Serrat “…de aquí en adelante solo cabe ir mejorando” u otra interpretada por Baglietto “solo se trata de crecer”.

Alberto Sánchez Lic. en Psicología, Psicoterapeuta
Realizada por Lic. Mariela Krieger para Concetp Psi.
Diciembre 2009

“Manifestaciones actuales de la violencia en las instituciones” – Lic. Orlando Moyano

En este trabajo podemos reflexionar sobre cuál es nuestra implicación en las instituciones como agentes educativos o de salud.

Podemos preguntarnos cómo integramos nuestra vivencia de salud por un lado y experiencia laboral por otro.
Nos puede ayudar pensar tanto en nuestros trabajos en sí, como en el trabajo como actividad transformadora.
Como agentes de transformación social, ¿qué concepción tenemos sobre la salud propia para enfrentar las problemáticas que nos desafían?, o pensando en el aprendizaje, ¿cuán abiertos estamos a seguir creciendo, transformando y dejándonos transformar?, problemáticas que solemos enfrentar en grupos e instituciones.
A la hora de abordar la problemática de las instituciones en que nos desarrollamos podemos pensar si reproducen hacia adentro lo mismo que intentan hacia afuera.

En nuestra experiencia solemos encontrarnos con una sensación ambivalente en relación a las instituciones.
Pareciera ser que a veces amamos y a la vez sufrimos nuestro trabajo, nuestras instituciones, desde las más elegidas por el deseo hasta las más impuestas por la cultura.
La corriente institucionalista de psicología plantea que toda institución, (y allí podemos englobar no solo los espacios institucionales sino todas nuestras adquisiciones culturales) están en una tensión entre “lo instituyente y lo instituido”.

Es decir que todo lo que en algún momento se establece como espacio “cultural” va a ser a partir de una lucha entre un statu quo y la necesidad de una organización nueva.
Por supuesto que toda revolución puede ser bien recibida o no, pero en sí guarda el germen de un conflicto de origen.

Por ejemplo, sería ingenuo pensar que todos comparten los mismos deseos o ideales de salud o crecimiento.

Freud en sus escritos sociales estudia la cuestión de la construcción de las adquisiciones culturales y las instituciones.

En un trabajo llamado “El malestar en la cultura” trata de iluminar con los conceptos de la clínica esta cuestión.
Él intenta responder a la pregunta de porque si bien la cultura avanza, se refina, se especializa, no hay percepción de que en el mundo y en la cultura haya una disminución del malestar.
Sintetizando algunos conceptos, él observa que toda adquisición de la cultura es en base a una renuncia pulsional (tendencia instintiva), la renuncia de las aspiraciones egoístas crea “lo cultural” a cambio del amparo narcisista que toda cultura nos propone, se crea una ilusión necesaria de amparo para que haya ligadura interna y cohesión cultural.

Pero cuando aparecen en la experiencia cultural los efectos, por ejemplo, del poder utilizado en un sentido de dominación y productor de inequidades y desequilibrios en relación con la cultura, este se torna ambivalente (contradictorio). Allí se manifiesta la ruptura de ese balance y un retorno del malestar, que él lo plantea como ineliminable.

¿No nos pasa acaso cuando en cualquier situación grupal sentimos que tras esfuerzos no equitativos no nos sentimos bien?

Es entonces compleja la relación entre un individuo y la cultura, es decir las instituciones que son objetos de sostén, realización, placer, sufrimiento y frustración.
Intentaremos una aproximación a algunos sufrimientos actuales en nuestros espacios para pensar el problema.

Malestares actuales: desgaste, acoso y equilibristas

Vamos a tomar algunas figuras en torno del malestar laboral actual, como por ejemplo la cuestión ya abordada por otro encuentro de Alianza dictado por Luis Salinas, que fue el tema del burn out que se trataría de algo tipificado en el orden de una enfermedad laboral.
Cito a una nota publicada por el en nuestra página de Alianza:
“… pacientes que en gran medida expresan un estado de agotamiento físico y emocional, desgano, falta de motivación para ir a trabajar, etcétera, y que presentan cuadros de inestabilidad emocional (como depresiones, ansiedad y fobias.

(…)En estos casos se ven claramente las características que suelen atribuirse a las personas sometidas al estrés: un estado de agotamiento físico y emocional, cansancio (a pesar de que el trabajo siga siendo un proyecto atractivo y enriquecedor para la persona), sentimientos de “despersonalización” (sensación de impotencia, indefensión y desesperanza) que se expresan principalmente en todo tipo de actitudes negativas hacia los demás –por ejemplo, la agresión y el maltrato, o la instauración de un problema en el vínculo con quienes se trabaja– y, finalmente, la “falta de realización personal” (se instala cuando la actividad laboral pierde el valor que tenía antes para el individuo, principalmente en aquellos que esperan un mayor reconocimiento de la institución en la cual prestan sus servicios).

Este cuadro se hace presente con mayor gravedad y frecuencia en “personas que trabajan con personas” como los profesionales de la salud o los docentes, o en quienes se desenvuelven en ambientes laborales enfermos –donde hay violencia o maltrato durante un tiempo prolongado–.
Además, la aparición de estos malestares tiene que ver con la sobrecarga laboral sostenida, la escasa participación en la toma de decisiones que afectan el propio desempeño laboral, el incremento arbitrario de las responsabilidades y las exigencias que limitan los tiempos personales con el solo fin de alcanzar objetivos institucionales o empresariales.”

Sintetizando en este fenómeno se dan tres elementos que se conjugan para desarrollar el cuadro: el trabajo con situaciones demandantes, una personalidad con compromiso y vocación y finalmente una institución que no brinda el apoyo necesario para responder a la demanda planteada.

Otro fenómeno actual es el acoso moral, conocido como mobbing.
Si bien tiende a ser un fenómeno que aparenta ser una problemática entre dos individuos, los investigadores señalan su aspecto comunitario.
Tomando como referencia el trabajo “El mobbing en el trabajo. Su problemática” de María del Carmen Vidal Casero podemos definir el problema así:
“La palabra «mob» (del latín «mobile vulgus») ha sido traducida como multitud, turba, muchedumbre y «to mob» como «acosar, atropellar, atacar en masa a alguien.
Varios son los términos que se están utilizando para hacer referencia a estas situaciones.
Se utilizan diferentes expresiones inglesas como mobbing, bossing o salking; y entre las españolas, acoso moral, acoso psicológico, acoso medioambiental o psicosocial, hostigamiento psicológico, psicoterror laboral.
También se ha denominado terror psicológico o medioambiental, violencia horizontal, síndrome del chivo expiatorio, síndrome del rechazo del cuerpo extraño, harassment, síndrome de acoso institucional, etc.
Los más usuales en la investigación han sido «mobbing» y «bullying», de momento, desde una perspectiva europea, el término “acoso moral”, parece ser el que goza de más predicamento.
Este término inglés de acoso, hostigamiento, aplicado al ámbito laboral se utiliza para describir situaciones en las que un sujeto se convierte en blanco o diana del grupo al que pertenece, siendo sometido por éste o por alguno de sus miembros- con la permisividad del resto-, a una persecución que le va a producir importantes trastornos en su salud, tanto física como psíquica, siendo necesario en muchos casos la asistencia médica y psicológica.
El científico Heinz Leymann, de la Universidad de Estocolmo, lo define como “una situación en la que una persona, o varias, ejercen una violencia psicológica extrema, de forma sistemática y recurrente, durante un tiempo prolongado, sobre otra u otras personas en el lugar de trabajo con el fin de destruir sus redes de comunicación, destruir su reputación, perturbar el ejercicio de sus labores y conseguir su desmotivación laboral”.
Leymann en 1990 propuso la siguiente definición en el marco de un Congreso sobre Higiene y Seguridad en el Trabajo: “El mobbing o terror psicológico en el ámbito laboral consiste en la comunicación hostil y sin ética, dirigida de manera sistemática por uno o varios individuos contra otro, que es así arrastrado a una posición de indefensión y desvalimiento, y activamente mantenido en ella…”.
Estas acciones ocurren con alta frecuencia (al menos una vez a la semana) y durante un largo periodo de tiempo (al menos durante seis meses).
Esta definición excluye conflictos temporales y se centra en el momento en que la situación psicológica se traduce en trastornos psiquiátricos. (…)
Como consecuencia de la alta frecuencia y larga duración de estas conductas hostiles, tal maltrato se traduce en un enorme suplicio psicológico, psicosomático y social.
La definición excluye los conflictos temporales y focaliza un punto en el tiempo donde la situación psicológica comienza a traducirse psiquiátrica o psicosomáticamente, en condiciones patógenas.
En otras palabras, la distinción entre “conflicto” y “psicoterror” no se centra en qué se hace, o cómo se hace, sino en la duración de lo que se hace”.
El profesor Miguel Barón Duque agregaría a esto que: “… se caracteriza por el secreto en el comportamiento de quien lo práctica, la capacidad de la víctima para sentirse culpable y la permisibilidad de los testigos”.
Entonces las definiciones sobre acoso moral comparten tres elementos:
1) Se define en términos de su efecto sobre la víctima, no según la intención del agresor o agresora.
2) Debe existir una consecuencia negativa sobre la víctima.
3) El comportamiento agresor debe ser persistente.
A pesar de que habitualmente las definiciones no tienen en cuenta la intención de la persona agresora, éstas existen.
La mayoría de las definiciones coinciden al subrayar las características de continuidad, finalidad (aislamiento-marginación de la víctima), falta de etc.”
Repasemos un poco como se conceptualizan los perfiles.
El acosador suele ser un jefe con cargo de nivel intermedio con un carácter resentido y mediocre contra subordinados, quien les ocasiona largos periodos de baja laboral y enfermedad llegando en algunos casos a la incapacidad permanente, puesto que la finalidad del acosador es que el acosado desaparezca de la organización empresarial.
En el caso de compañeros de trabajo, el conflicto viene dado por la competencia que se puede llegar a sostener con personas que desempeñan las mismas tareas en la empresa.
“Según Iñaqui Piñuel el hostigador suele ser una persona mediocre que persigue, por tanto, a quienes pueden hacerle sombra. Su perfil es el de “un psicópata organizacional” que emplea técnicas de ataque sutiles, manipula el entorno para conseguir aliados entre compañeros de trabajo o su silencio ante esta situación, intenta “trepar” rápidamente para desde esa posición ejercitar mejor su acoso.
Según otros los rasgos más habituales son “la mediocridad, envidia, narcisismo, necesidad de control, oportunismo, falta de transparencias… algunas descripciones sitúan estos rasgos en el ámbito de las psicopatologías (rasgos narcisistas, paranoides y psicopáticos principalmente).
Al decir de GONZÁLEZ RIVERA el acosador sufre de “trastorno por mediocridad inoperante activa”
El mobbing cuenta con la complicidad de los que desean estar a bien con tal “jefe” o “directivo”, y que se suelen mostrar como fieles corresponsales del ánimo punitivo de aquel al que quieren agradar y que se convierten en la pesadilla del que sufre este tipo de persecución inaceptable.
En la gran mayoría de los casos los acosados son personas excepcionales con una gran capacidad de trabajo y sentido de la responsabilidad. Su valía profesional, paradójicamente, es lo que acaba perjudicándoles y poniéndoles en un aprieto.
El mobbing afecta a los trabajadores más brillantes, a aquellos mejor valorados, a los más creativos, a los más cumplidores; en definitiva, a los mejores de entre los recursos humanos de la organización. Su elevado sentido de la ética motiva que en muchos casos renuncien a mantener una postura transigente con las situaciones injustas, propias o del entorno.
También se han destacado otras características como alta cualificación, empatía, popularidad, a la vez que cierta ingenuidad y dependencia afectiva.
González de Rivera clasifica a los sujetos susceptibles de sufrir mobbing en tres categorías:
a) los que denomina envidiables, que son personas brillantes y atractivas, pero consideradas como peligrosas o competitivas por los líderes implícitos del grupo, que se siente cuestionados por ellos;
b) las personas vulnerables son aquellas que, por tener alguna peculiaridad o defecto, o por ser personas habitualmente necesitadas de afecto y aprobación, parecen inofensivos e indefensos, siendo por tanto más fáciles de agredir;
c) Por último, están las personas amenazantes, trabajadores activos y eficaces, que ponen en evidencia lo establecido y predispuestos, permitiéndose el planteamiento de reformas o modificaciones, lo que asusta a los acosadores.”

Sin la intención de desarrollar en profundidad esta problemática mencionemos que para que exista mobbing son necesarios al menos tres factores: un acosador, una víctima y la complicidad de quien asiste a ese maltrato.
Además, incluye dos fenómenos:
a) El abuso de poder y la manipulación perversa por parte del agresor.
b) Una institución incompetente para resolver conflictos.

Otro problema de actualidad tiene que ver con el sufrimiento que impone la tensión trabajo/familia, o sea la búsqueda del equilibrio entre cuidado del trabajo y cuidado de la familia.

Esta problemática es abordada por la sociología en el debate en el que se establecen las nuevas relaciones entre familia, trabajo y estado.
Dicha tensión surgiría tras el cambio cultural propuesto por el ingreso masivo de la mujer al mundo laboral y público combinado con la decadencia del modelo social del varón sustentador exclusivo del hogar.
Plantea la problemática de los cambios en las modalidades familiares y sobre quien recae el trabajo de la crianza y el cuidado de los más pequeños y los más adultos.
Pareciera que se ha dado una revolución social en términos de igualación del compromiso social hacia afuera, pero hay una dinámica de evolución cultural pendiente de cómo compensar estos cambios en términos de la sociedad en su conjunto para que en el cambio la variable de ajuste no sean los más débiles.
En un trabajo de las sociólogas latinoamericanas Juliana Martínez Franzoni y Rosalía Camacho ellas plantean:
“A veces equilibristas, a veces malabaristas, que las mujeres “concilian”, no cabe duda: en las últimas décadas las mujeres latinoamericanas han ingresado masivamente al mercado laboral sin por ello dejar de ocuparse de los requerimientos cotidianos de atención de sus familias. (…)
¿Es posible hoy en día, reconocer avances en este sentido e identificar una “infraestructura” pública de cuidados disponibles en la región?
¿Y por qué infraestructura de cuidados, porque igual que la sociedad necesita de carreteras, puentes y puertos que son el soporte, por ejemplo, de la actividad económica, también requiere de puentes y de carreteras de otro tipo, generalmente menos visibles, que resuelven necesidades tan básicas como la alimentación, la manutención del hogar y la atención a personas en condiciones de mayor dependencia de cuidados como los niños, las niñas, las personas adultas mayores, las enfermas o las que no pueden valerse por sí mismas.”
Esto coincide con otro factor de sufrimiento como me comenta una paciente: “Al final no puedo dejar de sentirme culpable todo el tiempo ya que si soy demasiado responsable en mi trabajo, siento que casi no tengo tiempo para estar con los chicos, tengo mis horarios ajustados, la cuidadora, mi mamá, salgo del trabajo y que no demore de más, o si me llegan a citar del colegio, ¿cómo hago con el hospital?, y lo peor es que cuando llego ellos quieren estar conmigo, jugar que les dé bola y yo necesito descansar un poco…”
En términos de los conflictos empleo/vida, ha sido descripto como “el resultado directo de las incompatibles presiones del empleo y los papeles familiares de un individuo” (Roehling 2003).

Construyendo horizontes

Aquí lo que parece interesante es observar como en los tres problemas planteados hay cuestiones relacionadas con el padecimiento en personas con un alto compromiso en lo que hacen acompañado de un fuerte compromiso vocacional.
Podría pensarse que dicha situación se relaciona con una posición subjetiva que los hace vulnerables o se juegan sólo factores individuales como característica acosado/acosador, pero en todas hay un entorno ya sea grupal, social o institucional que lo sostiene y avala.
En el caso del burn out y el mobbing cierta condición de vulnerabilidad se correlaciona con cierto sentido de compromiso exigencia y responsabilidad de las víctimas.
En el caso del conflicto balance empleo/vida, pareciera ser que esta capacidad que pueda tener el que se compromete con el aspecto” conciliador o equilibrista”, será el que quedara más expuesto a una tensión a veces imposible de resolver.
En la óptica de la desigualdad de género si bien se atribuye la problemática al desfasaje en el cambio cultural del rol de la mujer, lo que realmente está en cuestión es quien se hace cargo de esa capacidad de sostén de la fragilidad. Es decir que le pasa a nuestra cultura sobre el tratamiento de la vulnerabilidad humana.
No es una cuestión menor ya que si analizamos sobre todo nuestras competencias en términos de agentes de salud o educativos, nosotros justamente desarrollamos una sensibilidad especial en términos de vulnerabilidad, fragilidad del otro y desarrollo del otro.
¿No está en riesgo entonces este aspecto fundante de lo humano?
Cabe preguntarse si nuestra vocación en términos de compromiso con el otro vulnerable nos termina condenando.
En cuanto a la complicidad social, ¿se corre el riesgo que nos veamos tentados o empujados al no compromiso?
Siguiendo este recorrido podríamos argumentar que para estar expuestos al trabajo con la vulnerabilidad es necesaria una capacidad de identificación, podríamos decir de empatización con ella. Pero en el mismo sentido que podemos emparentarnos con ella (y para eso habrá que poner en juego ciertas capacidades) podemos quedar atrapados en dicha identificación. El riesgo seria entonces trabajar en función de la vulnerabilidad sin poder “elaborarla”, o sea transformarla. Allí podríamos encontrar una razón evolutiva; identificarse con la posibilidad de pasaje de una mayor a una menor vulnerabilidad sin desentenderse de ella. Entonces podríamos ubicar lo vocacional en esta constancia (del origen al crecimiento) de no terminar trabajando con la vulnerabilidad para desafectarse de ella como si nada tuviera que ver con nuestro origen y desarrollo humano.
Aquí retornamos al problema de cómo el amparo que brinda una adquisición cultural puede terminar transformándose en lo contrario a lo buscado.

Así en términos grupales podemos analizar, si este retorno del malestar es un efecto de lo grupal por nuestra implicación respecto de lo humano. Recordemos que Freud en su trabajo “proyecto de psicología”, plantea que “…el otro termina estando en la base de todo principio moral.” Se refiere a ese encuentro del infamas con el otro cuidador.
En este sentido, ¿podría nuestra posición como agente de salud estar liberando al grupo en su conjunto de su responsabilidad de sostén reparatoria y social?
Rene Kaes psicoanalista grupalista e institucional plantea que en la arquitectura de nuestro psiquismo existen lo que él llama “garantes metapsíquicos o metasociales”, estos no están ni totalmente dentro, ni totalmente afuera de nosotros, o a la vez adentro y afuera de nosotros.
Estos garantes proponen un marco para el funcionamiento mental de los sujetos en comunidad, son organizadores de lo grupal y no suelen hacerse visibles hasta que dejan de funcionar.
Cuando dejan de funcionar surge lo más primitivo de nuestro psiquismo: violencia, angustia, pánico o fragmentación social.
Un ejemplo podría entenderse con la crisis social que se vivió con el amotinamiento de las fuerzas de seguridad en nuestro país en el verano de 2014, de golpe dejaron de cumplir su función de garante y se perdieron las fronteras entre las fuerzas de los cuidadores y los cuidados.
Estos sucesos aparentemente olvidados pareciera que a las pocas semanas brotaron produciéndose las famosas multitudes de vecinos que castigaban violentamente por mano propia a los ladrones que atrapaban en alguna situación.
Ese agrupamiento espontaneo adquiere un funcionamiento tal vez no explicable individualmente por esas personas, pero ante la caída de ciertos garantes aparecen malestares que se tienden a compensarse con manifestaciones grupales que responden a funcionamientos más arcaicos.
Es decir que nuestro compromiso, nuestro deseo de mejorar una comunidad de trabajo, un grupo, una escuela va a verse más fortalecido o más desarticulado según los garantes metapsíquicos que sostiene un grupo o una institución, hay que reconocer si en una institución los que más se esfuerzan se sienten peores es el funcionamiento institucional el que tiende a la perversión, a la degradación.
Hay que entender que la construcción, el funcionamiento, el fortalecimiento de esos garantes, puede llevar a una comunidad a la plenitud, al placer, a la realización, o su carencia a la destrucción, el sofocamiento y el ahogo de sus integrantes.
No es una lucha solamente individual.
Nosotros tal vez naturalizamos nuestra capacidad agrupante y comunitaria, nuestra posibilidad sanadora de lo social la llevamos como ADN, pero no podemos ser ingenuos y descuidarla porque está en tensión con la destructividad no sólo de lo social sino de la estructura y sostén de todo psiquismo.
¿Podemos desarrollar una vocación comprometida con la salud y la educación en términos grupales o sociales que fomente en un grupo su capacidad transformadora del malestar?

Lic. Orlando Moyano

“Recursos terapéuticos en crisis, en tiempos críticos” – Lic. María Celina Abuchdid

Este trabajo pretende ser una reflexión sobre nuestra tarea, combinando dos variables, el rol del terapeuta y el concepto de crisis.
La práctica clínica de estos últimos tiempos enfrenta al terapeuta con una realidad altamente compleja. La aguda incidencia del factor socioeconómico en la subjetividad se ha convertido en una variable que cuestiona la intervención del terapeuta interpelando sus creencias y sus construcciones teórico prácticas. Esta época crítica desafía nuestros saberes y abre en nosotros nuevos y profundos interrogantes.
Si pensamos este tiempo como una época crítica, necesitaremos revisar brevemente algunos aspectos relevantes del concepto de crisis. Como ya hemos escuchado a lo largo de la jornada, existen varias conceptualizaciones acerca de éste término. Para algunos autores crisis es una perdida repentina de los aportes básicos del sujeto, un desequilibrio entre la intensidad de una situación y los recursos del sujeto para manejarla. Desde una perspectiva psicoanalítica, los autores parecen acordar en que la situación de crisis implica un desborde del yo, que lo impulsa a una cierta transformación interna, una reorganización mediante la cual se desarrollan nuevos recursos para superar el estancamiento. Los aportes del cognitivismo definen el estado de crisis como una violación de las expectativas de la persona sobre su vida por algún suceso traumático, o la incapacidad del individuo o su mapa cognoscitivo para manejar situaciones nuevas y traumáticas. No es el propósito de este trabajo detenernos en los distintos aportes relativos al concepto de crisis, sin embargo en este breve recorrido nos interesa identificar algunos conceptos claves.(filmina) Amenaza de pérdida o pérdida, desequilibrio, ruptura, quiebre, desorganización, trastorno, paralización, incapacidad, fracaso de soluciones habituales.(filmina) Caplan propone que el factor esencial que determina la aparición de una crisis es el desequilibrio entre la dificultad e importancia del problema y los recursos de los que se dispone inmediatamente para enfrentarlos. Karls Slaikeu en su definición sobre crisis, recoge algunos de estos puntos centrales. Conceptualiza a la crisis como un estado temporal de trastorno y desorganización caracterizado principalmente por una incapacidad del individuo para manejar situaciones particulares utilizando métodos acostumbrados para la solución de problemas.
Pensemos ahora en el rol del terapeuta…
Podríamos decir que la tarea terapéutica en general y particularmente en el abordaje de la crisis requiere establecer y favorecer condiciones que permitan a los consultantes encontrar alternativas que puedan ser integradoras y equilibradoras. La práctica clínica nos ha impulsado a aprendizajes constantes como búsqueda de un mejor desempeño, construyendo criterios teóricos que han sustentado nuestra labor, desarrollando recursos y habilidades que nos han permitido ser operativos. Podríamos decir que la clínica es el lugar donde nos vamos dando cuenta de hasta dónde nos sirve la teoría.
Sin embargo, este tiempo caracterizado por un “estado de trastorno y desorganización”(1), pueden amenazar nuestras construcciones, situándonos en la necesidad de poner en marcha dinámicas creativas que intenten dar respuesta a nuestros interrogantes y nos permitan intervenciones más eficaces.
Si bien es cierto que este movimiento dialéctico entre nuestra tarea y nuestras construcciones teóricas es inherente al desarrollo profesional, y que la práctica nos cuestiona e impulsa en forma constante a nuevas búsquedas…
La dificultad reside en cómo desempeñarnos en una época encuadrada en la modalidad y características de crisis en la que los terapeutas somos sujetos de y estamos sujetos a dicha crisis. Resulta complejo pensar y producir, en un momento de amenaza presente o inminente, donde la sensación de desvalimiento mina de incertidumbre el ambiente, y se torna difícil tolerar el malestar y el desconcierto. La violencia, el riesgo, la inseguridad, la pérdida de sentido, la devaluación de la vida, la lógica del consumo, la despersonalización, los efectos desbastadores de la desocupación como uno de los aspectos que más inciden en las personas, generando una ruptura sobre un eje fundante de la vida diaria, pueblan nuestra cotidianeidad.
Es en este contexto, donde el terapeuta despliega su rol… y vive.
Considerando entonces que el rol del terapeuta en general y particularmente en las crisis requiere la implementación de variados recursos y acciones que tiendan a restablecer el equilibrio de los pacientes, y que esta función se encuentra fuertemente atravesada por las condiciones del entorno, podemos decir que este tiempo resulta “potencialmente crítico” para el terapeuta (conlleva el riesgo de desencadenar una situación de crisis) (3). El riesgo es padecer “el desequilibrio entre la dificultad e importancia del problema y los recursos de los que se dispone para enfrentarlo” (Caplan), o parafraseando a Slaikeu atravesar “un estado de trastorno y desorganización, caracterizado principalmente por una incapacidad del terapeuta para manejar situaciones particulares utilizando métodos acostumbrados para la solución de problemas”. La amenaza se cierne, entonces, sobre la idoneidad profesional del terapeuta.
Para reflexionar sobre este punto podemos hacer el ejercicio de “mirar” una escena, tal vez para muchos de nosotros reiterada en estos tiempos. Pensemos en un paciente que nos manifiesta su permanente actitud de alerta: “Estoy todo el tiempo tensionada, si voy manejando y paro en un semáforo miro para todos lados, me aseguro de que estén los vidrios levantados, los seguros cerrados, cuando es de noche, paso los semáforos en rojo, ¡ni hablar para entrarlo al garaje! ¡Es un operativo!, con mi familia tenemos un sistema: yo llamo, alguno me espera, saca al perro (asegurándose de haberlo hambreado 5 o 6 horas) y recién ahí abre la puerta con gran precaución. Cuando estoy caminando miro alrededor, trato de no tener nadie por detrás, aprieto fuertemente la cartera. Soy cuidadosa aún si se me acerca un chico con aspecto inofensivo, porque aun así puede ser peligroso. ¡Otra cosa!, vivo pendiente de las entradas y las salidas de los chicos, me cercioro de que estén en casa, que cierren bien las puertas; les doy infinitas recomendaciones. Bueno, ni hablar de los problemas laborales y económicos, la angustia de no llegar a fin de mes o peor aún de perder el trabajo. Bueno además de esto, quería contarle cuál era mi problema….
Sería interesante compartir qué siente cada uno frente a esta escena de este tipo, aunque hoy no lo vamos a socializar se trata aquí de analizar cuál es el impacto sobre la subjetividad del terapeuta y por extensión sobre su desempeño.
Evaluar el impacto de esta situación posee una importancia fundamental, pues tiene una incidencia directa en el sistema terapéutico. La influencia que estas variables ejercen sobre la persona del terapeuta podría ocasionar la implementación de diversos mecanismos de autoprotección o defensa tales como: (filmina) sensación de impotencia, (filmina) quedar capturado en lo anecdótico, (filmina) autorreferencia, (filmina) aislamiento, ausencia de visualización de posibles cursos de acción, inhibición en su potencial creativo, (filmina) padecimiento del síndrome de Burnout, o síndrome de quemarse por el trabajo que se define como una respuesta al estrés laboral integrado por actitudes y sentimientos negativos hacia el propio rol profesional, así como por la vivencia de encontrarse emocionalmente agotado. Esta respuesta ocurre con frecuencia en los profesionales de la salud. Esta originado por una combinación de variables físicas, psicológicas y sociales. Otras posibilidades defensivas que seguramente no son implementadas por los profesionales de Prosam son las de tipo maníaco (filmina).
Identificar estos aspectos en la intervención terapéutica, potencialmente crítica, forma parte de un abordaje preventivo.
Considerar procesos de autoevaluación y desarrollo de estrategias de afrontamiento, es parte de esta tarea preventiva que el terapeuta debe hacer. Las medidas preventivas están estrechamente ligadas a la calidad de vida física, social y laboral. Los aspectos físicos, sociales, emocionales, requieren una consideración personal que se ajustará a las necesidades de cuidado de cada uno. En cuanto al nivel laboral, las intervenciones de prevención dependen, en parte de las opciones que cada uno vaya transitando en su formación profesional y en gran medida del respaldo y de la decisión institucional de crear y mantener condiciones que permitan una revisión permanente de las dinámicas y problemas laborales. A través de la formación, grupos de supervisión de la tarea, o por ejemplo jornadas de estas características que posibilitan un espacio de encuentro y reflexión.
Como reflexión final, tal vez desde un lugar más filosófico, podríamos decir que…
La tarea terapéutica atravesada por esta realidad, sitúa al profesional frente a su propia concepción de la vida, frente a su propia incertidumbre, sus temores, su finitud.
Aceptar la vida como un proceso de cambio, de equilibrio y desequilibrio, es condición de posibilidad para abrir una búsqueda interior que pueda contener un espacio que posibilite pensar, resignificar la incertidumbre y tolerar el riesgo de lo nuevo, de lo cambiante.
Sostener e integrar las paradojas que surgen de la confrontación del mundo de afuera y del de dentro intentando lograr una medida que resulte un punto necesario de equilibrio, requiere una actitud de apertura, flexibilidad y originalidad que el terapeuta debe agudizar.
Aventurarse a lo desconocido para impulsar nuevas búsquedas de métodos y recursos que le permitan operar con nuevas posibilidades, inaugura finalmente el espacio de la creatividad, lugar ineludible de todo desarrollo humano. En palabras de Paul Torrance “Trasponer la puerta de la creatividad es vivenciar cómo una misma situación puede estructurarse de maneras distintas”
Si como terapeutas logramos producir un nuevo posicionamiento frente a los límites que amenazan nuestra propia producción creativa, lograremos sentirnos fortalecidos en nuestras capacidades y recursos y desempeñar confiadamente nuestro rol en las situaciones de crisis. Esto nos permitirá habilitar un camino que facilite el encuentro de nuestros pacientes con sus propias posibilidades.
Sólo desde esta convicción podremos convertir nuestras intervenciones en una invitación que convoque a los pacientes a atravesar sus propias búsquedas con un espíritu creativo.

A modo de conclusión:
Las condiciones sociales actuales sitúan al terapeuta en una posición potencialmente crítica. Su identidad profesional se encuentra amenazada por las circunstancias de complejidad e incertidumbre con las que debe interactuar. Atraviesa un momento caracterizado por el replanteo de la eficacia de sus construcciones teóricas y prácticas. Experimenta la necesidad de revisar su tarea, a través de una búsqueda activa de nuevos y variados recursos. El desafío interpela su creatividad, como posibilidad de dar un nuevo sentido al movimiento interior que lo lanza hacia lo desconocido. Sólo desde esta convicción el terapeuta podrá convertir su intervención en una invitación que convoque a sus pacientes a atravesar sus propias búsquedas con un espíritu creativo.

Lic. María Celina Abuchdid

Historia del Equipo

Comenzamos a reunirnos en 1993, unidos por un anhelo de integrar el ejercicio de nuestra profesión con valores ético-espirituales. Inicialmente éramos cuatro profesionales: un psiquiatra, dos psicólogas y una psicopedagoga; actualmente somos un amplio equipo.

Al revisar numerosas teorías y concepciones antropológicas, y al comprometernos en la tarea clínica y en la promoción de la salud psicológica e institucional, descubrimos que nos caracteriza la voluntad de

* asumir nuestra profesión como servicio;

* ofrecer a las personas mejorar o sanar sus dolencias, ser atendidas en su integralidad, con la perspectiva de su trascendencia inherente según sus propias creencias;

* sostener una experiencia de compartir comunitario en el ámbito del trabajo y en el intercambio de ideas, considerando la estima por el otro fundamento de la Alianza.

Orientación vocacional y ocupacional

En el pasaje de un ciclo evolutivo-educativo, los jóvenes se enfrentan con la necesidad y la posibilidad de elegir. En este pasaje se plantean preguntas: “¿Estudio o trabajo? ¿Qué carrera sigo? ¿Qué quiero ser? ¿Qué deseo tener? ¿Qué es lo que me gusta hacer?”
Dar respuestas a estos interrogantes se torna dificultoso y a veces conflictivo, especialmente en una época de complejidad creciente y en un contexto social de profundos cambios y de alta competitividad.
Ofrecemos orientación vocacional y ocupacional
* Individual y grupal
* Para instituciones educativas
A lo largo de la vida, las diferentes vicisitudes personales y sociales pueden impulsar a un cambio de metas y/o actividades, lo que hace necesario replantearse elecciones previas.
Por eso también ofrecemos
* Reorientación vocacional y ocupacional para adultos

Instituciones educativas

Las problemáticas que niños y adolescentes expresan en el ámbito escolar son complejas y multifactoriales. Hoy más que nunca, la escuela necesita actuar como agente de prevención y resguardo de la salud mental, asumiendo el desafío de acompañar situaciones escolares disruptivas. De esta manera podrá generar transformaciones sociales positivas.
Ofrecemos orientación e intervención psicoeducativa tanto individual como grupal a:
*Equipos de conducción
*Equipos de orientación escolar
*Equipo docente
* Padres
*Alumnos: niños y adolescentes

Talleres para instituciones y profesionales

Talleres para instituciones y profesionales
La propuesta de talleres apunta a generar un encuentro grupal que ayude a la reflexión interactiva, la consideración de alternativas y la toma de decisiones sobre un tema o situación difícil o conflictivo.
La relación entre experiencia vivencial e información sobre fundamentos teóricos posibilita ir creciendo en recursos lógicos, afectivos y conductuales.
Los talleres pueden brindarse en cualquier tipo de institución que lo requiera y dirigirse a los diferentes sectores (estamentos) de la misma. Son diseñados de acuerdo con las necesidades específicas.

La función y la importancia del encuadre en un tratamiento. – Lic. Orlando Moyano

El encuadre en un tratamiento plantea y organiza el campo en donde se abrirá una gama de posibilidades para representar, abordar y posiblemente resolver las problemáticas que plantea un paciente. Hay distintos aspectos en juego que es necesario reflexionar, pero podríamos decir que un encuadre es condición de posibilidad para llevar delante nuestra práctica.
Por ejemplo, la mejor interpretación, la mejor técnica cognitiva, indicación gestáltica, sistémica, dependiendo del encuadre en que se plantee puede llegar a ser un acto de conocimiento, investigación y cambio o de brujería, ataques persecutorios y sometimiento. Incluso en el caso de la farmacología sabemos que el uso de la marihuana o un ansiolítico, indicado terapéuticamente en determinado ámbito, puede tener un sentido opuesto en la automedicación o el uso adictivo.
Desde el punto de vista del conocimiento hay una relación positiva entre el marco de toda practica y lo que se determina dentro de ella. Por ejemplo, para la ciencia el tipo de conocimiento lo determina su método, y todo conocimiento es a la vez validado en relación a ese método. Cada sector del conocimiento se está haciendo en base al recorte de un objeto de la realidad (objeto de conocimiento) y será válido en la medida que manifieste una relación coherente entre marco, objeto y conocimiento. Freud, por ejemplo, en una etapa prepsicoanalitica consideraba que un trastorno fruto de un trauma olvidado producía” lo inconsciente”, y el mismo en términos de disociación era el problema. La hipnosis planteaba el encuadre para que este conocimiento sea posible, y la abreacción la técnica que facilitaría el llenado de la laguna mnémica.
Podemos decir que en nuestra práctica el encuadre recorta, organiza y determina lo que nosotros junto al paciente deseamos encontrar, investigar resolver o cambiar.

Eficacia simbólica

Levi Strauss estudia cuales son las determinantes en una cura chamánica, que según observa produce efectos terapéuticos reales. Presenciando la intervención en un parto complicado lo compara con algunos de nuestros métodos y encuentra que: El rito se trata entonces de un conjunto sistemático y minucioso donde todo debe restablecerse en un lugar, y un orden que excluya toda amenaza,” la cura consistiría, pues, en volver pensable una situación dada al comienzo en términos afectivos, y hacer aceptables para el espíritu los dolores que el cuerpo se rehúsa a tolerar.” Plantea entonces que la clave no está en la realidad o no del mito sino en su creencia individual y social, que no es otra cosa que el sustento de su sistema cultural, en ello consiste su universo. La parturienta encontrando coherencia a su dolor no se resigna, se cura.
La eficacia real tanto en un tratamiento psíquico como en la cura chamánica depende de su eficacia simbólica, que opera en distintos niveles de determinación cultural consciente e inconsciente y solamente posible si están remitidos a cierto orden.
Imaginándose a un chamán en nuestros consultorios o viceversa sería impensable un efecto terapéutico. Esto ofrece la oportunidad de observar el aspecto simbólico presente en el encuadre, la necesidad de coherencia y ordenamiento entre éste y el tratamiento, y como en él se incluye un orden de creencias determinante, y una ubicación de roles tanto del saber, del padecimiento y la depositación de responsabilidades. Así como seria impotente y estéril un intento de lograr eficacia simbólica de un chamán en nuestros consultorios, el encuadre justamente determina la potencia del analista.
En cuanto a los roles la función del encuadre organizando y sosteniendo la asimetría terapéutica, permite y es condición de la eficacia simbólica. Más allá de la variedad de encuadres que se puedan ofrecer en los distintos abordajes terapéuticos, pensar en los roles y sus determinantes es un factor ineludible porque estamos absolutamente implicados como personas y ocupamos un lugar que nos excede y debe ser leído simbólicamente.
Entre ellos, en los componentes afectivos y espirituales conscientes e inconscientes. Si bien han sido los aportes psicoanalíticos los que más han hecho visible con más profundidad este problema, los sistémicos siempre han estado pensando en las determinaciones sistemáticas vinculares y su relación con el cambio, un ejemplo puede ser la función meta de la cámara Gesell para ellos.
Es entonces necesario que todo enfoque que se sustente en algún tipo de intervención psicoterapéutica pueda hacer consciente las determinantes simbólicas pertinentes a todo encuadre consistentes en:
-su concepción teórica y su conocimiento.
-las referencias institucionales a las que adscribe,
-sus experiencias terapéuticas
-la supervisión clínica
-su concepción y experiencia espiritual.

Estar trabajando con alguien que mantiene una relación de simetría por nuestra entidad común al ser personas y a la vez ser representantes de una relación de poder asimétrica, implica una dinámica facilitada o no por el encuadre.
En este sentido el psicoanálisis que ha creado su cuerpo de conocimiento a partir de una teoría de la estructuración del psiquismo y en función del vínculo, ha avanzado bastante al poder pensar los aspectos inconscientes de toda interacción y su abordaje con el análisis de la transferencia. En el trabajo” Psicoanálisis del encuadre psicoanalítico”, Bleger se plantea algunas cuestiones. En principio habla de que el encuadre implica un no-proceso para que en su interior sea posible un proceso, es decir las constantes de tiempo, espacio, honorarios, etc., permiten que puedan ser observadas las variables pertinentes a la problemática que se estudia y sobre la que intervenimos. “…un proceso sólo puede ser investigado cuando se mantienen las mismas constantes (encuadre). Es así que dentro del encuadre psicoanalítico incluimos el rol del analista, el conjunto de factores espacio (ambiente) temporales y parte de la técnica (en la cual se incluye el establecimiento y mantenimiento de horarios, honorarios, interrupciones regladas, etcétera.)”.
Pero como lo indica la experiencia, el mantenimiento de las reglas parece que estuviera destinado al incumplimiento. Lo que tendría que funcionar como una función encuadradora cobra relevancia y cuando se ataca el encuadre, corre riesgo el proceso mismo. Entonces el no-proceso se transforma en proceso es decir en materia de análisis.
En función de que a la vez que somos observadores estamos implicados, mantener la fijeza de un encuadre deja en evidencia los movimientos subjetivos del paciente, que si somos nosotros los que lo movemos perdemos de vista el fenómeno. Es entonces un sector del encuadre tiempo, espacio, dinero, etc. quienes dentro del proceso representan la realidad, y es sobre donde el paciente proyectara los aspectos frustrantes en su encuentro con la realidad.
Otra cuestión importante planteada por este autor es el análisis que él
hace de los aspectos inconscientes que instalan el vínculo terapéutico:” …la relación analítica como una relación simbiótica, pero en los casos en que se cumple con el encuadre, el problema radica en que el encuadre mismo es el depositario de la simbiosis y que ésta no está en el proceso analítico mismo. La simbiosis con la madre (la inmovilización del no-Yo) permite al niño el desarrollo de su Yo; el encuadre tiene la misma función: sirve de sostén, de marco, pero sólo lo alcanzamos a ver -por ahora- cuando cambia o se rompe. El “baluarte” más persistente, tenaz e inaparente es así el que se deposita en el encuadre”.
En definitiva, en la instalación del encuadre está depositada la función encuadradora de la personalidad misma del paciente, condición de desarrollo y proceso de lo que él viene a buscar a la consulta y nosotros en el vínculo con él somos depositarios.
Este aspecto simbiótico inconsciente podríamos decir que en un sentido regrediente empuja a la fusión y a la indiscriminación, y en un sentido progrediente, a la individuación y a la cura.
Esto nos puede dar una idea clara de porque en la asimetría terapéutica haya una fuerza espontanea de acercamiento, acortamiento de las distancias, transformar en un vínculo amistoso y amigable o erótico la relación de trabajo.
Pero lo importante es que esa diferencia de poder que implica la asimetría, se acorte hacia el logro de los objetivos terapéuticos organizadores también de la función encuadradora hacia una vía progrediente.
Tomar conciencia de ello nos anoticia que nosotros todo el tiempo estamos expuestos a estas fuerzas inconscientes y que dirigir nuestros tratamientos en función de nuestros deseos y no de las determinaciones intervinientes no nos deja en un mejor lugar.

Afinando los conceptos de la clínica actual
Volviendo a la importancia de la estructura del encuadre, es en función de que haya coordenadas determinantes para ambos un proceso tiene sentido.
Comprendido esto tenemos una brújula para pensar en lo complejo de la clínica actual y todas las modificaciones necesarias en lo que podríamos llamar “el aspecto instrumental” del encuadre.
¿Cuál es esa brújula? La idea que un encuadre permite si está dentro de un orden simbólico un cuadro, un pacto solo posible si ambos se atienen a ciertas reglas de juego.
Entendemos que lo simbólico nos da coordenadas para que se pueda encontrar un camino, una salida donde no perderse, ya que para jugar el juego habrá que embarrarse en la mutua implicación con los aspectos simbióticos fundantes de este compromiso.
Como ya planteamos más arriba, la eficacia simbólica depende de esa posición relativa que asumimos en el juego, y si ambos estamos atados a eso hay esperanza.
Cierta constancia de las relaciones entre los elementos del encuadre es lo que nos permite ser eficaces a la hora de llevar nuestra práctica a la realidad, que está cambiando todo el tiempo, y es a esa demanda a la que debemos adaptarnos.
De allí que las fijezas ortodoxas del encuadre pueden ser iguales a las de un encuadre narcisista ya que si perdemos de vista el contexto por el cual ambos estamos atravesados, la referencia al analista pasa de ser relativa a absoluta.

La clínica actual
En realidad, cualquier ortodoxia psicoanalítica, tal vez por atravesar un momento fundante confundió la referencia técnica freudiana olvidando tres elementos simbólicos fundamentales:
-la evolución teórica de la ciencia psicoanalítica
-La ampliación de las fronteras de la intervención en cuanto a distintas patologías
-La evolución clínica en referencia a los cambios epocales.
En algunos textos como: “Las perspectivas futuras de la terapia analítica” (1910) y “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” (1919), Freud expone el problema tomando a la fobia como un ejemplo que obliga a realizar ajustes en el encuadre psicoanalítico. El argumento central coincide en ambos, y se desarrolla por el lado de que el encuadre original del psicoanálisis nació de la mano de la histeria. Ello implica un dispositivo para intervenir analíticamente abriendo un escenario acorde a una particular forma de presentación de las resistencias y su entramado con la angustia: “Hemos partido de la terapia de la histeria de conversión; en el caso de la histeria de angustia (las fobias) debemos modificar algo nuestro procedimiento.” La necesidad de realizar un ajuste del encuadre ya está enfatizando la importancia diagnóstica, y como habrá que plantear flexibilidades en este en pos de una eficacia clínica.
Lo propio de la fobia está dado por haber estructurado dispositivos protectores de la angustia, y la interpretación tendría como primer objetivo que el paciente encuentre motivos para renunciar a tal dispositivo protector. El factor crucial aquí pareciera estar dado por el manejo de cantidades, es decir habilitarles un encuentro con: “exponerse a una angustia, muy moderada ahora”. El recurso técnico señalado por Freud sería tal vez tomar una estrategia analítica pero activa: “asistirlos traduciéndoles su inconsciente”. Y agrega: “Difícilmente dominará una fobia quien aguarde hasta que el enfermo se deje mover por el análisis a resignarla: él nunca aportará al análisis el material indispensable para la solución convincente de la fobia”.
El sentido analítico de la cura es que, en el trabajo con la neurosis, el proceso de síntesis lo realiza el yo (como instancia sintetizadora) y no el analista.
Ahora bien, siempre Freud, apuesta al descubrimiento por el paciente de sus complejos reprimidos. Allí entonces actividad o pasividad son estrategias secundarias a las posibilidades del funcionamiento del paciente o su estructuración.
Alfredo Maladesky haciendo referencia a la clínica actual dice: “Como vemos, nuestra experiencia se ve nutrida de pacientes que no pueden utilizar el encuadre como ambiente facilitador que menciona Winnicott el no–yo silencioso y continente del que hablaba Bleger. Es el analista el que deberealizar este trabajo de elaboración, intentando lograr una estructuración mínima, construyendo funciones no desarrolladas, señalando o tratando de corregir funciones alteradas, utilizando todas sus formas de pensamiento y así poder movilizar un trabajo de simbolización, aunque sólo sea en forma provisoria. En esta perspectiva, el analista no se limita a develar un sentido oculto, sino que debe construir un sentido que nunca se constituyó antes de la experiencia analítica”. Nuevamente nos veremos perdidos, si estamos esperando que nuestros pacientes entren en las necesidades simbólicas de nuestros encuadres sin advertir si ellas existen.
Por eso las versiones ortodoxas y rígidas de un encuadre, más que ser un marco que representen la realidad y habiliten un proceso muchas veces terminan siendo una renegación de los analistas de la realidad clínica de los pacientes.
Actividad o pasividad también terminara siendo un eje excluyente si pierden el compromiso con la emergencia clínica.

Transferencia encuadre y fantasía
En todo encuadre de un tratamiento hay en juego aspectos fantasmáticos inconscientes fundantes de todo vínculo terapéutico, pero al tomar el problema desde el punto de vista de una técnica psicoanalítica podríamos afirmar que la relación entre encuadre y transferencia es central.
Por ejemplo, Rodrigué afirma que: “El proceso analítico es la resultante del encuadre y de la transferencia. Por encuadre se entiende el ‘marco temporal y espacial que hace evidente el fenómeno transferencial y permite su desarrollo. El fenómeno transferencial necesita un contexto, e incluyo en este contexto o encuadre, no sólo el cuerpo de leyes y preceptos que forman las reglas del juego en un análisis, sino la suma de interpretaciones pasadas que crearon una relación operativa entre el paciente y el analista”.
¿No es acaso lo central para la técnica analítica generar ese laboratorio vincular donde el paciente vea su mundo internalizado?
La transferencia permite integrar en el aquí y ahora conflicto intrapsíquico, tanto en su forma de afecto como de representación sobre el plano intersubjetivo.
Para que este dispositivo distribuya tareas y ponga a trabajar las problemáticas desplegadas por el paciente Goldstein afirma que el “…encuadre surge de un interjuego de mutuas necesidades y posibilidades”. Es decir, se debe construir una mutua adaptación intersubjetiva para que: ” Con respecto al analista, la característica básica que debe preservar siempre en ‘el encuadre de todos sus tratamientos, es que, aquél le permita, frente al paciente, conservar su capacidad de pensar e interpretar analíticamente y mantener la continuidad del proceso”.

De allí que esa mutua conexión nos brindará información de qué hacer cuando un paciente demande un vaso de agua. Según la situación clínica será operativo: tomar distancia para poder interpretar una necesidad de dependencia oral insatisfecha o brindarlo para que haya un monto de ansiedad operativa que permita pensar y elaborar.
Meltzer alude a la “creación del ‘encuadre’: “Cada analista debe idear para sí mismo un estilo simple de trabajo analítico en los arreglos de horarios y de pago, en el consultorio, en su ropa, en sus modos de expresión y comportamiento. Debe trabajar bien dentro de los límites de su capacidad física y tolerancia mental. Pero también, en el proceso de descubrimiento con el paciente, debe encontrar, a través de su sensibilidad los medios de modulación requeridos por ese individuo dentro del marco de su técnica. En una palabra, debe controlar el encuadre de tal manera que permita la evolución de la transferencia del paciente”.
Podríamos decir que el elemento creador es aplicable en el sentido de crear un encuadre que se ajuste a ambos sentidos, y a la creatividad necesaria para que el encuadre sea una herramienta siempre actual.
Siguiendo a Rodrigué, él ha destacado la importancia del encuadre como “pantalla del retablo analítico” donde se proyecta “la trama de fantasías” del paciente. Esta entonces es la relación central entre transferencia y encuadre.
Ya habíamos dicho que en la fundación del vínculo terapéutico se instalan las fantasías simbióticas que lo hacen posible y junto a estas se despliegan las esperanzas y temores inconscientes que ambos traen a escena.
Es aquí pertinente justipreciar el valor de la neutralidad analítica. La misma muchas veces entendida como que en la medida que produce mayor distancia permite mayor nivel de proyección por parte del paciente, pero hay situaciones vinculares analíticas donde parece no ser directamente así.
Una paciente comentaba que su anterior analista durante 15 años la trató de “usted”, que pasaba sesiones y sesiones en silencio y durante mucho tiempo nada ocurría. Terminó su tratamiento con incertidumbre y una gran sensación de vacío. Cuando profundizamos sobre lo que le dejaba la situación a ella, me comenta que siempre que quería acercarse (a su analista), ella sentía que estaba en falta, y por supuesto nunca pudo hablar de ello. Pareciera ser que se había sobreadaptado a la distancia, y en términos winicottianos permaneció atrapada en su falso self, sin tocar posibilidades que su verdadero self se manifieste.
Siempre se están activando fantasías diversas y a distintos niveles de profundidad, por ejemplo, Goldstein se refiere a “… las fantasías de curación de carácter mágico y omnipotente, vinculadas con las imagos de una primitiva escena primaria idealizada, atacada y temida”.
Nosotros como analistas construimos ese guión fantasmático intersubjetivo y hacemos nuestro aporte que necesitamos pensar. Una fantasía bastante común, aunque patológica que surge de la personalidad del analista: “…se trata de las fantasías reparatorias omnipotentes que éste puede tener, y que, entretejidas con las fantasías omnipotentes de curación del paciente, pueden constituir una seria amenaza para el desarrollo de un tratamiento psicoanalítico…”
Por ejemplo, en el caso de una paciente de características dependientes, la misma se separa de su pareja con la que había establecido un vínculo totalizante, al punto de ser pareja y empleador. Con dicha separación hubo que encontrar un equilibrio entre la contención de la paciente, quien se encontraba en un estado de precariedad habitacional y la esperanza de un proyecto terapéutico. Se pactó mes a mes un honorario simbólico hasta que ella accediera a un trabajo y saliera de esa precarización. Consiguió trabajo y se organizó para sostener el tratamiento, aunque tuvo que vivir a lo largo de un año en una pieza de 2×2. Transferencialmente aparecían en mí sentimientos penosos por su situación real precaria, aunque sabía que coincidía con su situación precaria fantasmática. Gracias al sostén del pago y a pesar de los riesgos pertinentes, la paciente pudo salir de la situación y crecer en el proceso.
Si el encuadre mantiene ciertas coordenadas de calidez y confiabilidad por medio del analista, según Winnicott esto permite “la regresión del paciente a la dependencia, con una evaluación adecuada del riesgo implícito”, hecho que está en la base del proceso curativo mediante el análisis”.
La misma en la medida que sea espontánea ofrece como las vías de un tren, un camino de ida y vuelta para nuestro trabajo investigativo y elaborativo. Aunque si se fuerza buscando provocarla con actitudes o estrategias seductoras le coartamos al paciente su iniciativa y se volverá para él como el camino de las miguitas de pan de Hansel y Gretel.
Volviendo a las proyecciones sobre la relación analítica Goldstein describe que aparecen: “Algunas de las principales cualidades atribuidas a los objetos parentales primarios y sus representantes: consisten en que son considerados dueños del poder omnipotente para el bien y el mal. Estos atributos, derivados de protoimágenes arcaicas, estructuran la constitución del personaje del hechicero en las tribus primitivas y, por herencia de esta fantaseada magia primitiva, revisten la figura de todo terapeuta”.
Este puede significar poder de la autoridad terapéutica para estimular el trabajo psíquico que necesita el paciente o la posibilidad que se aloje en un estado de pasividad por parte del paciente y una figura idealizada de un analista que va a solucionar todo lo que él no pueda.
Siempre va a aparecer el elemento propio de la sugestión que puede facilitar el desarrollo del proceso. Winnicott señala que: “las fantasías de gratificación idealizada que pueden ser favorecidas por el encuadre diciendo que, para el neurótico, el diván, la calidez y el confort pueden ser simbólicamente. El amor de la madre y para el psicótico estas cosas son la expresión física del amor del analista.” pero “… las fantasías idealizadas depositadas en el encuadre poseen un doble significado. Por un lado, contienen las esperanzas reales de elaboración y superación de las situaciones de frustración, tal como lo señala Winnicott, y por otro constituyen una defensa rebelde contra la intensa persecución con que el paciente viene generalmente al análisis”.
No debemos olvidar que cuando se somete a elaboración secundaria la ganancia secundaria de todo síntoma, no tardará en mostrar sus asimientos libidinales…¿y por qué resignar algo a cambio de nada?
Otro de los motivos son los aspectos narcisistas como núcleos resistenciales de la personalidad, llamados “baluartes” por Baranger.
Por ejemplo, una paciente con una personalidad dependiente, muy exigente y con un importante caudal masoquista consulta por un episodio depresivo. Luego de tener su segundo hijo, su marido quiere separarse dejándola en la calle con sus hijos argumentando que la casa estaba a nombre de sus padres. En el proceso se le señala el aspecto depresivo de dicha salida con la que estaba identificada, y encuentra un apoyo que la reconforta. La separación no se concretó pasando a un segundo plano y la relación se mantuvo con idas y venidas. Después de un tiempo de tratamiento, en una especie de amorosa reconciliación con su marido, este la invita a que se muden a alquilar un departamento mucho más lujoso y cómodo. Cuando regresa de sus vacaciones y me comenta la situación que la alegraba muchísimo en mí se produjo sorpresa y preocupación. Mi devolución intentó ser un señalamiento sobre el riesgo de haber sido estafada por su marido en una falsa reconciliación para sacarla de la casa. Fuera de todo timming de mi parte -en una especie de actuación analítica- fue vivido como algo absolutamente intrusivo y desubicado de mi parte por la paciente e hizo peligrar la confianza necesaria para la continuidad del proceso. Por suerte la paciente abandonando su pasividad expresó su reproche conmigo y se recompuso el proceso.
Meltzer escribe al respecto: “La pasividad de la confianza médica es un estado de transferencia actuada, al igual que el niño que se somete a la figura parental”. Y sigue: “La confianza infantil, tal como su transformación en la sumisión a la hipnosis, según sabemos ahora, involucra un proceso de disociación e identificación proyectiva donde la parte adulta de la personalidad es temporariamente puesta sobre el médico. Esto ocurre de hecho, pese a las precauciones técnicas, con pacientes psicóticos y en cierto grado en las primeras fases del análisis con todos los pacientes. Pero de continuar significaría un obstáculo”.
Estas intensidades proyectivas varían de un paciente a otro.
Si se produce contratransferencialmente una intensa presión sobre el analista sentido como “único”, el riesgo al pasar inadvertidas, serán una inversión de la asimetría terapéutica.
Su formapodría ser el celo terapéutico, su característica, el análisis interminable.
El analista dependerá del paciente.

Lic. Orlando Moyano